UN KENNEDY REPUBLICANO

Imagen1Ayer 22 de noviembre hizo 50 años que el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en la ciudad texana de Dallas, en una fría mañana de una jornada también de viernes.

La leyenda sobre el primer presidente televisivo de la historia de los Estados Unidos nos ha acompañado hasta nuestros días en forma de documentales, libros, películas, series de televisión y una amalgama de intelectuales siempre dispuestos a ensalzar la figura del malogrado mandatario.

Su imagen jovial, sobre todo en comparación de sus predecesores, junto al magnicidio ayudó mucho a que el mito del presidente idílico haya quedado en la mente de varias generaciones, poniéndole entre los tres mejores presidentes de su historia (George Washington y Abraham Lincoln).

Pero somos muchos los que pensamos en un tercer factor determinante para este impresionante enaltecimiento, que es el hecho ideológico de que el presidente era Demócrata. Un partido que en los Estados Unidos, y salvando las diferencias con Europa, se sitúa más cerca de la izquierda y de la socialdemocracia. Sin embargo a mi me cabe la duda de ¿qué hubiera ocurrido si el presidente Kennedy hubiera sido Republicano?

Estoy convencido de que 50 años después se hablaría de su promiscuidad, su presunta utilización de sustancias estupefacientes para superar su calamitosa salud, sus contactos reconocidos con la mafia, las malas artes de su padre para que ascendiera en el mundo de la política, su intentona fracasada “golpista y fascista” de invadir la isla de Cuba en Bahía de Cochinos y sobre todo que estuvo a punto de llevar al mundo a la Tercera Guerra Mundial en la Crisis de los misiles. Un Kennedy republicano sería un ejemplo de lo que no debería ser un presidente, un paréntesis oscuro en la historia reciente de los USA a la altura de la etapa de la Diplomacia del Dólar y el Watergate.

Media centuria después vemos como la batalla de las ideas, esa de la que habla siempre Esperanza Aguirre y que no se resigna a dar por perdida, es vapuleada en un país con una gran tradición liberal como es los Estados Unidos. Algo que nos debe hacer pensar a todos los que defendemos posturas liberales y conservadoras, sobre la necesidad de no agachar la cabeza y defender desde planteamientos intelectuales nuestras posiciones sin ningún tipo de complejos. Parece a veces que algunos están deseando aprovechar cualquier situación para desmarcarse y ganar el aplauso de los rivales políticos de izquierdas. Es aquí donde debemos dar la primera batalla convenciendo a los nuestros de que no tienen que sentir vergüenza de lo que son y comunicando mejor todo aquello que defendemos.

Hoy, 50 años después de la muerte de J.F.K., sé que si Ronald Reagan hubiera sido demócrata su cara ya habría sido esculpida en el Monte Rushmore a la derecha de  Abraham Lincoln, como el hombre que libró al mundo, junto a Juan Pablo II y Mijaíl Gorbachov, del yugo comunista, y artífice de uno de los periodos de mayor patriotismo y prosperidad de la historia norteamericana. Es en cosas como está donde todo buen liberal debe dar la batalla.

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